La calle es de todos

La calle es de todos
La calle no es tuya, es de todos. Entender y practicar está máxima no es solo cuestión de educación, es además un ejercicio democrático. Como maestra me incomoda recordar a los adultos los principios básicos de convivencia pero después de mi última experiencia siento que es mi obligación. 


Empecemos. La calle es de todos, es del colectivo LGTBI, de las mujeres, de los turistas -si, también de los turistas- y de los niños, los abuelos, los pobres, los ricos, los inmigrantes,... Tú, no tienes derecho a decidir que grupo de personas te molesta con su sola presencia, ni por dónde se puede caminar, ni a qué velocidad. ¡Faltaría más! Exigir el cumplimiento de la ley garantiza el derecho de todos, no exclusivamente el tuyo.


Como abuela que se ha pasado la vida colaborando activamente con la educación no entiendo ni puedo aceptar que un grupo de adultos se crea con derecho a proclamar quién puede o no pasear por su ciudad. Curiosamente es este grupo de personas quien se siente molestada por otros. Yo, desde mi experiencia, les podría enumerar, algunas excusas curiosas que me han dado algunos grupos de alumnos para justificar que ellos tenían más derecho al espacio del patio que la mayoría de sus compañeros. ¡Claro! ¡En el patio se juega mejor si somos menos! Podríamos hacer el patio más grande, o la ciudad. Y mientras esperamos tener una ciudad mejor y más grande, ¿he de recordar que hay que compartir el espacio?


¿Se atreverían algunos turismofóbicos a decir que les molestan los inmigrantes, las personas más morenas, las de otra religión? Entonces, ¿por qué se les permite incomodar, rechazar y agredir verbalmente a otras personas? ¿Han notado Vds, como yo, que las turistas mujeres están siendo más agredidas que los turistas hombres?


El domingo pasado celebré con mi familia una fiesta infantil. Mi nuera y su hermana traían a mi casa las bebidas. Llegaron asustadas porque mientras esperaban a que yo les abriera el portal, llegó mi vecino del primero, las empujó con brusquedad y las apartó de la puerta a la fuerza para entrar él en primer lugar. Me explicaron que todo esto lo hizo poniendo gestos de saco y que se sintieron impactadas por el nivel de agresividad. Me sentí en la obligación de preguntar y recriminar a mi vecino por su actitud. ¡Su excusa fue que las había confundido con turistas! 


En mi opinión esta actitud no puede ser únicamente motivada por la turismofobia pero si se puede sentir alimentada por su discurso y no puedo dejar de plantearme algunos interrogantes:


¿Se habría atrevido este señor a empujar con esa rudeza a dos turistas hombres? ¿Qué diferencia existe entre empujar a mi nuera y empujar a una joven turista? ¿Están a salvo las mujeres no vecinas en mi escalera, en mi calle o en mi ciudad? Si mi vecino está instalado en una actitud irrespetuosa contra el prójimo y las mujeres en general, ¿maltrata también a su mujer y a sus hijos? ¿Publicará este medio una carta que defiende a los turistas de a pie que no van a hoteles caros?


En mi escalera los vecinos convivimos con dos consultas médicas, dos apartamentos turísticos,  los ruidos de los coches, un perro que ladra, una vecina que pone música por las noches y el olor de plantas no medicinales. A mí, lo que más me molesta y me asusta es la intolerancia, la agresividad y el machismo.


 


 


#turismofobia es agresión


 

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TAGS: turismofobia, machismo

EN: Sociedad